Luis Alegre Saz

Joaquín Ferrer se ha demostrado como alguien muy sensible y comprometido que, en su pintura, rinde maravillosos tributos a los artistas y obras que de forma tan intensa han conformado su manera de ver el mundo. Los cuadros dedicados a los temas de películas como “Cantando bajo la lluvia” o “El mago de Oz”, a las músicas que compuso Ennio Morricone para las bandas sonoras de “La Misión” y “Cinema Paradiso” o a joyas como “Palabras para Julia”, “Gracias a la vida”, “Canción para Pilar”, “Aquellas pequeñas cosas”, “Hallelujah” o “Rosas en el mar” son un alarde de imaginación, vitalidad, color, alegría, belleza y personalidad y consiguen algo fabuloso: darle a esas piezas otra vida, provocar que las escuchemos de otra manera. Son especialmente emotivas e impactantes las pinturas dedicadas a “Me gustaría darte el mar”, una balada muy hermosa de Carbonell, o a varias canciones de Labordeta, por el que Ferrer revela una debilidad compartida por tantos españoles y, en particular, aragoneses.

Joaquín Ferrer nació en Caspe, Zaragoza, en 1953. Pertenece a una generación cuya educación sentimental fue trastornada, en el mejor sentido de la palabra, por el cine y, en el caso de los más sensibles y comprometidos, por el fenómeno de la canción de autor que brilló desde los años 60. Las canciones de Paco Ibáñez, Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel, Luis Eduardo Aute, Leonard Cohen, Violeta Parra, Joaquín Carbonell o José Antonio Labordeta forman parte del imaginario emocional de mucha gente.

 La aspiración de cualquier artista es crear un mundo y exhibir un estilo que resulten genuinos e identificables. No cabe duda de que Joaquín Ferrer es un gran artista. Y un espíritu agradecido con algunas de las mejores cosas de su vida.