Fernando González Lucini

En mi casa, cuando yo era pequeño, había un piano –que por cierto nadie tocaba– y una carpeta llena de partituras. Recuerdo que me pasaba horas y horas contemplándolas.

Aunque era una visión sombría, rígida y silenciosa me encantaba ver aquellas “notas” bailonas que subían y bajaban siempre enmarañadas en el pentagrama –tenían su particular belleza–. Pensaba, o tal vez soñaba, que alguna de aquellas notas parecía que quería escaparse –por arriba o por abajo– de aquel paralelismo encarcelamiento lineal; pero no, visualmente no llegaba a conseguirlo y me daba pena. (Por cierto, ¡qué tiene la libertad que a mí me ha provocado desde siempre!).

Pronto descubrí que las notas que aparecían quietas y atrapadas –como encarceladas– en los pentagramas de aquellas partituras se liberaban felizmente, y revoloteaban, y se hacían hermosas, y hasta llegaban a emocionarme cuando el pianista, el violinista o el cantor las rescataba del papel pautado convirtiéndolas en sonidos, en melodías, en canciones. Entonces, en aquel mágico momento, las notas musicales se hacían bellas, armónicas, sugerentes, más libres, liberadoras. ¡El día que realicé ese descubrimiento recuerdo que me sentí muy feliz!

Años después he vivido una experiencia similar, pero mucho más sorprendente… Fue el primer día que contemplé un cuadro de Joaquín Ferrer Guallar en el que nos ofrecía su visión o percepción plástica –de originalidad e imaginación desbordantes– sobre canciones como “Gracias a la vida” de Violeta, “Le métèque” de Moustaki, “La belleza” de Aute o “Me gustaría darte el mar” de Joaquín Carbonell. Aquello me pareció extraordinariamente atractivo y me provocó un regreso hacia lo que antes mencionaba refiriéndome a las partituras.

En aquel ya lejano tiempo de mi infancia, experimenté el gozo provocado por la transformación de la rigidez de una partitura tradicional a la música real interpretada y cantada. Ahora, con Joaquín y su obra, experimentaba el “placer” de la “transmutación” del canto y de la música a un nuevo concepto, o una nueva visión, de partitura; pero a una partitura muy especial, a una “partitura plástica y visual” muy bella: sin pautas, llena de luces, de colores, de sugerentes símbolos, de realismos y abstracciones geométricas, e incluso de notas musicales radicalmente libres y volanderas; un auténtico baile de sentimientos, de humanidades y de percepciones; un lujo de sensibilidad desbordada; un juego visual que lo es, a la vez secreta y misteriosamente, auditivo.

Esta forma de leer y de sentir la música y la canción plásticamente; o sea, de inyectarles nuevas y muy bellas proyecciones de creatividad y de imaginación (los cuadros de Joaquín son auténticas “partituras” alternativas, revolucionarias y liberadoras) el pintor zaragozano de Caspe es capaz –y lo hace magistralmente– de trascenderla a otras muchas realidades perceptivas: a un paisaje, a un poema, e incluso, en el colmo de la “actualidad” –el “más difícil todavía”–, a un blog. Yo he tenido la suerte y el placer de sentir su mágica lectura y creación plástica referida a mi blog “Cantemos como quien respira” y doy fe –por eso lo cuento– de que pocas veces me he sentido tan bien expresado.

Os invito a sumergiros, sin prisa, en el fantástico mundo pictórico de Joaquín Ferrer Guallar y, muy en particular a sus partituras plástico-musicales que son, como es la música de la que se nutren, un “arte en absoluta y bien hermosa libertad”.

FERNANDO GONZÁLEZ LUCINI

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